Entrevistas / Salvador Oliva

Entrevista realizada en Girona el 9-XII-2003 con motivo de la publicación de Tragèdies (Biblioteca Pompeu Fabra-Destino), una nueva traducción al catalán de tres tragedias de Shakespeare por parte de Salvador Oliva (revisión de las traducciones que había hecho él mismo en los años 80).
Salvador Oliva

catedrático de Filología Catalana en la UdG y traductor de Shakespeare
“La búsqueda de poder está ligada con la pobreza interior”

 

S

egún ha dicho varias veces, cuando TV3 le encargó en los años 80 traducir los dramas de Shakespeare no pudo seguir el ritmo que hubiera deseado. ¿Cuáles son las principales correcciones respecto a la primera traducción? 
El contrato que tenía con TV3 era muy drástico: tenía que entregar dos actos cada mes. Esto en prosa está terminado enseguida, pero en verso es muy lento. Tienes que buscar muchos sinónimos, tener cuidado que funcione la métrica… En fin, es complicado. De todas formas no estoy del todo descontento con aquella edición, pero quedó sucia, mal puntuada, se tenía que pulir. Había algunos versos demasiado largos: combinaciones de diez y ocho sílabas, o de ocho y de diez… En la nueva traducción prácticamente solo hay decasílabos, dodecasílabos y alejandrinos.

¿Puede precisar lo que afirma de Hamlet en su “Introducción a Shakespeare”: “En Hamlet hay más pensamiento que en ninguna otra obra de Shakespeare”?
La verdad es que no me reconozco a mí mismo en esta frase, pero si la has encontrado es que la escribí (ríe). Lo que quería decir, supongo, es que se trata de una tragedia típica de venganza, de las cuales había muchas en la época, pero lo que distingue a Shakespeare es que toma argumentos ya existentes y los transforma en lo que a él realmente le interesa. Con “pensamiento” quería decir seguramente que esta obra trata las cuestiones más importantes de la vida humana: existir o no existir, ser o no ser, suicidarse o continuar viviendo… Todo parte de la bestialidad que representa el hecho de que a un adolescente se le aparezca el padre muerto y le explique que ha sido asesinado por su cuñado, y que su madre lo sabe. Esto provoca un trastorno muy fuerte al muchacho, y da pie a hablar de las grandes cuestiones.

De El rey Lear afirma que es la obra de Shakespeare más cercana a nuestra época (“Quizá lo más impresionante del mundo imaginativo de El rey Lear es la forma en que refleja la conciencia de nuestro siglo”). ¿Por qué?
Northrop Frye dice que Hamlet es una obra que tenía que interesar mucho al siglo XIX. No recuerdo exactamente las razones, pero que al XX nos interesara tanto Lear es obvio, porque ha habido tantas guerras y tanta bestialidad que por fuerza se ha puesto al descubierto el carácter absurdo de la vida humana; y Lear es esto. Al siglo XX le costó muy poco entrar en el mundo de Lear. Creo que también es Northrop Frye quien señala que al siglo actual, el XXI, y tal como van las cosas, Antonio y Cleopatra será la obra que nos interesará más debido a las tensiones norte-sur, que en la obra aparecen como las tensiones entre Roma y Egipto. Ahora lo simplifico mucho, pero me llamó la atención. Shakespeare siempre es tan actual que, según el lector y la época, interesa más unas cosas que otras.

De Macbeth destaca el análisis sobre la relación entre el poder y la maldad. Dice: “a menudo la ambición sin medida se junta con la vacuidad del espíritu”.
Este tema es realmente interesante porque es muy vigente y, además, retrata a los políticos actuales. Pero Macbeth es una obra tan rica… Hace poco escribí el prólogo a la nueva edición y en él hablo de la naturaleza del mal en la humanidad. El hombre tiene potencialmente la capacidad de hacer el mal de una manera intrínseca, y pienso que Macbeth también trata de esto aunque siempre se diga que es una obra sobre la ambición y el poder. Si Macbeth hablara de la ambición… ¿Qué demonios significan las brujas ahí en medio? Las brujas tienen un papel. Empiezan diciendo: “Lo que es bonito es feo y lo que es feo es bonito”, tergiversan el orden moral; y, luego, en la primera aparición, Macbeth dice: “Un día tan feo y tan bonito no lo había visto nunca”, como si ya estuviera bajo la influencia de las brujas. Creo que Macbeth es, básicamente, la posesión del mal en una persona; una persona que está abrumada por el mal y que tiene una conciencia moral muy afinada, pero que no puede evitar hacer el mal. No es como Ricardo III, que disfruta y se recrea en el mal; a Macbeth le duele pero no puede hacer otra cosa, está sometido a las fuerzas del mal. Sí que hay ambición, evidentemente, pero, por ejemplo, pienso que es más ambiciosa su mujer que él. Sobre la frase que has citado, “la ambición desmedida se ajunta con la vacuidad del espíritu”, en la época en que escribí el libro me preocupaba mucho este tema. He observado que cuanta más vida interior tiene la gente, menos interesada está en dominar a los demás y, por lo tanto, en buscar el poder. La búsqueda de poder está ligada con la pobreza interior. Macbeth es de mis favoritas, siempre me ha cautivado. 

Hablando de dominar a los demás, en algún lugar anota que la obra de Shakespeare favorita de Karl Marx era “Timón de Atenas”…
Precisamente ahora la estoy retraduciendo y haciéndolo he pensado mucho en Marx, intentando averiguar por qué era esta la obra que más le gustaba. Creo que lo que le interesó a Marx de “Timón de Atenas” fue el tema del dinero y de la riqueza, su reparto y su fragilidad, de cómo la riqueza transforma a las personas. Un idiota rico puede ser admirado por la sociedad, pero si le quitas el dinero nadie le haría caso. Esto le debió de interesar mucho a Marx. Además, es muy bonita… También es de las que me gustan más (ríe). Me gusta todo Shakespeare, pero depende de los días tengo preferencias.

Hace años dijo que hay etapas de la humanidad que tienden hacia la Divina Comedia de Dante y otras hacia Shakespeare. ¿Exactamente qué sentido da a cada una de ellas?
Esta idea no es mía, me la dijo de palabra en un congreso un poeta italiano, Franco Fortini. Estuvimos hablando mucho de Shakespeare, porque él también era un entusiasta y me dijo: “¿Te has fijado en la recepción de Dante y de Shakespeare, las épocas en que Dante interesa, Shakespeare interesa menos?”. Pero todavía tenemos poca perspectiva histórica como para poder afirmarlo como una ley. De todas formas, la razón que había en la base de lo que dijo Fortini se debe entender a partir de la constatación de que, por ejemplo, el siglo XVIII no era muy favorable para entender bien a Shakespeare. Aquel siglo estuvo marcado por unas reglas estrictas y Shakespeare se las salta todas. Evidentemente que se representaba y que había gente a quien le gustaba, pero en los ámbitos culturales no era muy apreciado. Voltaire lo criticaba, por ejemplo. En cambio se podía entender mejor a Dante. Es curioso, parece como si hubiera una alternancia entre fe y ateísmo. Es una afirmación muy osada, porque no sabemos si Shakespeare creía en Dios o no, no lo sabremos nunca, pero si te fijas en las cosas que escribió, hay una lucidez tan enorme acerca del abandono al que está destinada la vida humana, que piensas que una persona sostenida por la fe no lo habría escrito. Se podría decir que lo dicen sus personajes y que él no lo pensaba… Pero el sólo hecho de que fuera capaz de expresar tan bien esta desesperación, me induce a pensar que no creía demasiado en los dioses. En cambio Dante seguro que sí.

¿Entre Dante y Shakespeare no se podría decir simplemente que el primero es más oscuro y el segundo más luminoso, más transparente?
Pero esto es una cuestión de medio. El teatro tiene que entenderse a la primera, no puede ser escrito de un modo demasiado difícil porque quien va al teatro no puede decirle al actor: “Escuche, ¿podría repetir esto que no lo he entendido?”. En cambio, si lees la Divina Comedia puedes volver atrás y releer, por lo que el autor se puede permitir ser más complicado. La complicación en Shakespeare no procede del lenguaje, si no de los temas tratados, de los argumentos, las estructuras… Esto a veces puede ser muy complejo, pero el lenguaje se entiende enseguida, a la primera. Y así debe ser traducido, de forma que también se entienda en catalán a la primera. Lo digo porque hay traducciones que no se entienden y no tienen en cuenta que son obras para ser representadas, no algo para ser leído en tu casa.

La semana pasada se hizo en Girona una de las últimas representaciones del Julio César de Àlex Rigola. ¿Puede valorar la lectura de la obra que ha hecho el director del Teatre Lliure?
La he visto siete u ocho veces. Trabajamos juntos en el texto. Creo que Àlex es un director que tiene chispas de genio. Es muy atrevido, no copia nunca nada, todo es creación propia y hace el trabajo que debe hacer un director. Básicamente son tres funciones: hacer la dramaturgia de la obra, dirigir muy bien los actores y tener creatividad para diseñar la puesta en escena -la parte más creativa del director ya que las otras dos son más técnicas-. Tanto en Julio César como en Glengarry Glen Ross, Àlex dirige tan bien los actores que te preguntas: “¿De dónde han salido? ¡No los habíamos visto nunca!” Esto es porque están bien dirigidos. Me gusta mucho su modo de trabajar y estoy muy contento de poder trabajar con él. A veces asusta ver a un Octavio de doce o trece años… Octavio era jove, tenía veintidós años, pero no catorce. Por lo tanto, ahí detrás hay una intencionalidad. Además, el modo con el que presenta la batalla es genial.
 

¿Cuáles son los defectos más recurrentes en las actuales representaciones de Shakespeare?
Yo no soy exactamente un hombre de teatro, pero como espectador, en Inglaterra tengo la impresión de que hacen unas producciones demasiado arregladas, es decir, que no se arriesgan, al revés de Àlex Rigola. Las producciones de la Royal Shakespeare acostumbran a ser excesivamente contenidas, se podrían exponer un poco más. Pero, vaya, la calidad de los actores y su tradición es indudable… Estoy buscando los defectos pequeños. Respecto a lo que sucede aquí, antes de hacer Shakespeare la gente debería fijarse más en los textos, hacer una lectura más profunda y dedicar más horas a ensayar y a pulir. Una comedia contemporánea puede hacerse mejor o peor, pero no se nota demasiado. En cambio, Shakespeare requiere que hasta los actores secundarios sean buenos. Un ejemplo son los mensajeros: en las obras históricas hay mensajeros que llevan noticias al rey, explicando como va la batalla; son voces muy líricas y si este mensajero no dice el verso correctamente, se hunde todo. Por una parte el espectador oye unas palabras que no encuentran su expresión adecuada y, por otra, ve que hay un señor que no sabe exactamente qué demonios dice, que habla pero que no se le entiende. Si se profundizara más en las lecturas, saldría todo mejor. Algunos dicen que no hay buenos actores, yo creo que sí. Cuando un actor está bien dirigido, funciona. Esto es irrebatible; lo hemos visto en el cine, en el teatro, y en todas partes.

En la introducción de su traducción al catalán de los sonetos de Shakespeare (“Sonets”) dice que durante el último cuarto de siglo XX “la cultura genuina ha sido invadida por una caricatura o simulacro mediático”. Pero de esto también saca alguna conclusión positiva…
Sí, debemos ser optimistas, porque si no casi que ya podríamos suicidarnos (ríe). Esta democratización de la cultura -el hecho de que tanta gente por primera vez tenga acceso a la cultura-, debe de tener por fuerza resultados positivos a la larga. Pero lo primero que hemos notado es una banalización de la cultura por parte de los medios, sobretodo de la televisión pero también de las editoriales, que desorientan a la gente situando en una misma colección cosas que están bien y otras que no valen nada pero que venden. En Inglaterra esto no sucede. Ahí los best-sellers baratos no están nunca en la misma colección que los clásicos. Aquí hay una rara mezcla, una confusión entre literatura y premios literarios,…
Por otra parte esta democratización de la cultura no ha comportado de momento que la gente lea clásicos por gusto. Se lee literatura contemporánea muy mala, a veces buena como por ejemplo “Soldados de Salamina”, pero al lado de esto se leen cosas realmente ilegibles. Es demasiado temprano para saber qué sucederá. Tenemos que esperar que la gente continúe leyendo y termine por caer en la cuenta de que las mejores cosas o los mejores criterios para saber como se debe escribir los encontrará en los clásicos.