Entrevistas / Josep Ramoneda

Entrevista realizada en Barcelona el 19-II-2004 con motivo del décimo aniversario del CCCB.
Josep Ramoneda

periodista y filósofo
“No hay otro objetivo que la emancipación de las personas”

 

H

ace una década, cuando el CCCB se inauguró, no existían muchos de los equipamientos culturales que ahora hay en Barcelona y con los cuales el centro debe compartir la oferta cultural de la ciudad. ¿Con qué espacio se ha quedado el CCCB?
De hecho, el CCCB fue el primer equipamiento que se inauguró tras los Juegos Olímpicos, a pesar de no tener la etiqueta de olímpico; había otros que sí la tenían pero que terminaron siendo postolímpicos. El estado de casi monopolio con que nos encontramos probablemente nos facilitó la inserción en la ciudad y muy rápidamente nos convertimos en un lugar bastante central de la vida barcelonesa. Siempre digo que la aparición de otras instituciones nos ha permitido ganar en libertad en el sentido de que ahora somos más libres para ser como queramos. No tenemos la angustia de pensar que si algo no se hace aquí no se hará en ningún otro lugar; ahora las cosas pueden hacerse en otros centros y nosotros podemos dedicarnos a lo que realmente distingue a un centro con vocación de creador cultural: las exposiciones de creación propia. Hemos ganado en libertad y también en exigencia: lo tenemos que hacer mejor e inventar más. Descubrir que otros han hecho algo que antes sólo hacíamos nosotros significa que tendremos que inventar e innovar más.

Se ha anunciado una ampliación para 2005. ¿El espacio se ha hecho insuficiente?
Sí, nos hacen faltan algunos elementos importantes: una sala grande donde quepan 500 o 600 personas y que permita llevar a cabo un tipo de actividades autofinanciadas -ahora es muy difícil hacerlo, ya que no caben más de 200 o 300 personas-, necesitamos también una sala polivalente y grande, una sala plató para actividades de pequeño formato, ampliar las aulas y ganar espacio para nuestro centro de documentación.

Por cierto, ¿qué le sucederá al muro de graffities que hay enfrente del CCCB cuando se inaugure la facultad de la Universitat de Barcelona que está en construcción?
Evidentemente, cuando se inaugure la facultad el muro será derruido, pero hemos estado en conversaciones y me imagino que podremos hacer otro muro cerca de aquí, en la plaza Coromines, para que estos grupos de artistas tan bien organizados puedan seguir haciendo sus intervenciones. Digo lo de bien organizados porque en una cadencia temporal determinada desaparece un graffiti y aparece otro encima, nadie se queja y no pasa nada. No veo que se genere nunca ningún conflicto, supongo que debe ser una cadencia pactada…

Hace unas semanas afirmó en un periódico: “soy partidario de desarrollar un cierto cosmopolitismo catalán, aunque eso suene a contradicción”. ¿Podría explicar esta contradicción?
Mi intención y mi postura respecto a este tema siempre ha sido el mismo. Yo no soy relativista; creo que hay algunos valores universales y, sobretodo, que podría haber unos mínimos derechos universales compartidos. No creo demasiado en el multiculturalismo; más bien opino que de cultura hay fundamentalmente una y que, al fin y al cabo, todo son diferentes modulaciones de esta misma cultura. Ninguna de estas modulaciones tiene derecho a ninguna exclusiva ni obliga nada a nadie. Estamos en un país donde a veces, me parece, existe cierta tendencia al ensimismamiento, por eso creo muy necesario mantener la perspectiva global. Aún más que eso veo necesario realizar el acto voluntarista de querer tener voz y ser actor dentro de esta perspectiva global. Al mismo tiempo esto no quita que estemos en un lugar concreto y que seguro que hay cosas de este lugar que nos impregnan; empezando por el Raval, siguiendo por Barcelona y continuando por Catalunya. Esta es la idea que yo quería expresar mediante el juego de palabras del “cosmopolitismo catalán”. Cuando el catalán no se pone demasiado formal -para decirlo de algún modo-, aparece cierto escepticismo que a mí me parece muy interesante en los tiempos que corren.

Supongo que, además, es su forma de situar el CCCB dentro de la escena internacional de centros culturales…
Con el tiempo nos hemos hecho un lugar en nuestra actividad. Primero teníamos una preocupación principal: situarnos en el mapa de Europa. Por varias circunstancias favorables lo conseguimos temprano -nos ayudó el perfil de ser un centro que investiga la cuestión urbana-. Actualmente una línea estratégica básica es abrirnos hacia unos territorios que no son los más cultivados -para decirlo de algún modo-, como los antiguos países del este, África y Latinoamérica, sin que esto signifique que dejamos de mantener la relación y hacer actividad con las metrópolis tradicionales de la cultura occidental. Nos esforzamos en tratar de tú a tú y como actores en el mismo plano a todo tipo de cosas de cualquier procedencia. En estos años creo que nos hemos hecho un lugar en el mapa cultural europeo. Curiosamente es probable que allí donde vamos más retrasados sea España, pero esto forma parte de los vicios: ya nos conocemos los unos a los otros y siempre es difícil que algo catalán entre con facilidad en Madrid, y viceversa.

Las 3 “C” del CCCB, además de Centre de Cultura Contemporània, pueden significar Cultura, Ciudad y Creación…
Una vez hicimos este juego de palabras en un prospecto, pero en realidad CCCB quiere decir Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. Es verdad que Cultura, Ciudad y Creación es una forma de sintetizar el espíritu de esta casa…

¿Se podría afirmar que en estos diez años se ha prestado más atención al aspecto “ciudad” y ahora se abre una etapa dedicada a la “creación” y la producción?
En cierta forma sí, aunque no dejamos en absoluto nuestro signo de identidad que es la cultura urbana. Puede parecer que vamos más allá cuando en realidad no nos vamos tanto… hoy en día “creación urbana” casi es una redundancia: no hay creación que no sea urbana en el mundo actual. A pesar de que en algún momento parezca que el tema urbano está menos presente en las exposiciones, lo está más en otras actividades como por ejemplo cursos, conferencias, centro de documentación, debates,… en estos ámbitos el tema urbano es muy importante. Acabamos de poner en marcha un par de redes internacionales centradas en el tema urbano; una europea sobre espacio público y otra global en conexión con Yale, Bombay y Johannesburgo sobre el impacto de la globalización en las ciudades.

Disculpe la pregunta, pero ¿qué es la cultura?
¡Uy! Creo que no hay otro concepto acerca del cual existan más definiciones… Desde la clásica de Hegel: “la cultura es la forma de hablar, trabajar y desear de un grupo colectivo” hasta la concepción que entiende la cultura como aquellos hitos simbólicos que marcan los puntos de referencia de una persona, una ciudadanía o una comunidad. Es muy difícil realizar una definición estricta de cultura. Yo me content2aría con invertir un poco los términos y decir que las sociedades deberían entender que la cultura es un bien de primera necesidad. Quizá diciendo esto parecerá que estoy acotando el tema, pero hacerlo me permite asociar el concepto de cultura con algo a mi entender absolutamente prioritario en las sociedades: la educación. Si tienes un nivel de educación fuerte todo lo demás -sea la definición que sea- se dará con creces, empezando por la creación. Si un país tiene un nivel cultural alto el nivel de creatividad también subirá. Reconozco, aún así, que es muy difícil evaluar con objetividad el nivel de creatividad de un país, dado que ha aumentado la complejidad de la sociedad; hay muchas cosas en lugares muy distintos y sin relación entre ellas. No es tan fácil como antes cuando los medios de comunicación eran muy limitados y la gente que accedía a ellos también. Se podía crear una burbuja alrededor de una tertulia literaria, por ejemplo, y todo parecía mayor de lo que realmente era. También hay un elemento importante: damos por supuesto que la creatividad está situada en unos lugares muy concretos, el arte, la literatura,… Y esto es lo primero que deberíamos cuestionar: ¿dónde está la creatividad puntera? Y entonces ir a por ella. Quizá sí está en el arte, pero quizá también en los laboratorios… en muchos otros lugares. Hay muchos tópicos en el tema de la creatividad que deberíamos poner en duda.

En una reciente entrevista en El País advertía del peligro de que los centros culturales de Barcelona se conviertan en una simple atracción turística…
A mí me parece fantástico que vengan turistas y que Barcelona sea una ciudad de turismo cultural pero me parecería un error que el turismo se convirtiera en un criterio de programación. Hay cosas que son turísticas caiga quien caiga, como La Pedrera, el Parc Güell o el Museo Picasso. Sencillamente son reclamos turísticos; está muy bien que funcionen y que la gente venga y los vea; independientemente de lo que programen seguirán siendo una atracción turística. Pero hay otras que, aunque el público extranjero siempre sea bienvenido, el criterio de programación tiene que ser exclusivamente cultural, no pensado para un visitante ocasional sino para el consumidor real de cultura, el que está aquí todo el año, viene, repite y busca unas determinadas cosas. El criterio debe ser creación y divulgación pensando en criterios culturales más que “¿ahora qué vamos a hacer que pueda atraer el máximo de turistas posibles?”. Afortunadamente tenemos bastantes sitios fijos en esta ciudad para que los turistas vengan; no hace falta que condicionemos todo el resto. Al contrario, cuanto más auténtica sea la vida cultural que les ofrezcamos, mejor será el complemento y más posibilidades habrá que las visitas se prolonguen.

Se está preparando una gran exposición en colaboración con el Fórum 2004 sobre la guerra. ¿Podría avanzarnos algo de ella?
Sí, es una exposición importante; en dimensiones probablemente la mayor que hemos hecho nunca en esta casa. No la podríamos haber hecho de tanta envergadura sin la ayuda económica del Fórum. Se trata de una exposición sobre la guerra en el siglo XX y el XXI, pero es temática, es decir, no está organizada cronológicamente sino alrededor de cinco grandes ejes: la socialización de la violencia, la construcción del enemigo -paso previo a cualquier guerra, ya sea próximo o lejano-, las hostilidades de la guerra -la batalla, el bombardeo,…-, el mañana -la victoria, la derrota, la paz, la reconstrucción,…- y, finalmente, la memoria. El material es muy variado, desde obras de arte hasta material de ejércitos del mundo o imágenes y reportajes fotográficos. Es una exposición comisariada por tres personas que forman un equilibrio para mí muy interesante, son: José María Ridao -diplomático y buen conocedor de estos temas-, Francesc Torres -artista que ha trabajado mucho en cuestiones de memoria y de arqueología de la guerra- y Toni Monegal -profesor de Historia del Arte Contemporáneo en la UPF-.

Precisamente ahora se cumple un año de las manifestaciones en contra de la guerra, unas de las más multitudinarias de la historia de la ciudad. ¿Queda algo de todo aquello?
Sí, muchísimas cosas, entre otras seguro que muchas organizaciones dispersas que no conocemos de gente que ha seguido encontrándose. Toda aquella gente no podía estar junta más de una semana o de quince días, eran y son personas con intereses y visiones del mundo de lo más variado. Ahí había desde radicales antisistema hasta liberales absolutamente representativos de lo que sería cualquier partido de derechas europeo o americano. En medio de esto muchísima otra gente de toda clase más allá de un punto de coincidencia que era el de no querer una guerra absurda, ahí se terminaba y ahí empezaba todo. Creo que a este tipo de grandes manifestaciones coyunturales -que unifican a gente muy variada alrededor de un acontecimiento muy importante y grave- no se les debe pedir lo que no pueden dar. Buscar consecuencias políticas a esto o sorprenderse de que Aznar lograra empatar las elecciones locales es confundir la realidad de las cosas. Seguro que hubo unos cuantos miles de personas que fueron a las manifestaciones y que después votaron al PP. ¿Por qué? Pues porque estaban en contra de la guerra pero a la hora de ir a votar hubo una suma de factores que para ellos resultó más importante, y más en unas elecciones municipales, donde el factor alcalde es importante. ¿Volverá a ganar el PP las próximas elecciones? Es posible, pero si lo hace no será gracias a la guerra, al revés, la guerra le pondrá las cosas un poco más difíciles. Un buen ejemplo de lo que digo fue el Mayo del 68, entonces la derecha francesa ganó las elecciones por la mayoría más aplastante que ha tenido nunca; y nadie duda de la influencia que tuvo el Mayo del 68 en la segunda mitad del siglo XX. Estoy seguro de que todo eso deja poso, y también de que la idea de una opinión pública europea está más consolidada ahora que antes. Lo que ha ocurrido ahora -y que es muy frustrante para la ciudadanía- es la sensación de que la opinión de una amplísima mayoría no es suficiente para determinar una acción de gobierno en una democracia. Yo tengo claro que un gobierno debe gobernar según crea y no en función de una mayoría coyuntural pero, dicho esto, cuando esta mayoría coyuntural es tan grande, para la misma salud de la democracia el gobierno debería hacerse portavoz de alguna forma u otra.

Entonces usted publicó un artículo donde afirmaba: “hay que salvar el honor de la razón”; unos meses después Aznar se mostró más partidario de las emociones que de la razón, dijo en unas declaraciones: “más que las causas, lo que debe interesarnos del terrorismo son sus efectos”…
Es un claro ejemplo que confirma que hay que salvar el honor de la razón, porque si nos enfrentamos a los problemas sin querer conocer sus causas… vamos mal. No dudo de que es importante el efecto de un acto terrorista y que, por lo tanto, las víctimas son prioritarias desde un punto de vista de respeto y de proximidad humana, pero tampoco dudo de que si no se entienden y se averiguan las causas del porqué suceden determinadas cosas, será muy difícil atacarlas. Así es como para luchar contra esto se lleva a cabo una guerra militar, como si tuviera algo que ver el terrorismo con un conflicto entre dos ejércitos. Así no se solucionan los problemas, se agravan. En todo caso, lo que ha sucedido es que se ha hecho un uso indebido del término terrorista para llevar a cabo cosas que no tenían nada que ver con la lucha antiterrorista.

En “Después de la pasión política” se muestra comprensivo hacia cierto desencanto o escepticismo de muchos jóvenes respecto a la política. ¿Cómo se traducirá este sentimiento en el futuro, cuando esta generación sea adulta?
Pues no lo sé, me resulta difícil imaginar como reaccionarán ante ciertas situaciones unas generaciones que han tenido un recorrido vital significativamente distinto al mío. Lo que sí tengo claro es que el hecho de que hayan convivido en una especie de desencanto o desinterés hacia la política no tiene porqué ser determinante de nada. En el fondo, la política aparece cuando la gente comprende que es una buena manera -o la única- para resolver aquellos problemas que nos conciernen a todos. Quizá durante un período la política no ha demostrado ser lo suficientemente eficiente para esta exigencia pero, y en la medida que los problemas permanezcan, los mismos que ahora ven la política como algo lejano comprenderán que o bien se afronta la cuestión de una política más decente y más eficiente o caeremos hacia un lado u otro, es decir, una dictadura o el descontrol. Tengo la sensación de que si no vamos con cuidado el mundo se dirige hacia una especie de “apartheid”, y ya sabemos como terminan los “apartheids”. A mí el mundo actual me recuerda mucho a Suráfrica: un 20% lo tiene casi todo y el 80% restante no tiene casi nada. Además este 20% vende y exporta los valores de los derechos humanos y al 80% no le llega nada de ellos, como tampoco nada de la riqueza. Esto es sostenible por un tiempo limitado. Cuando un 20% lo tiene todo y un 80% no tiene nada, o el 80% se levanta y pone la situación patas arriba o el 20% envía a la guardia civil. A lo largo de la historia siempre ha ido así.

En el prólogo de “Del tiempo condensado” escribió: “el ideal más grande que la humanidad ha planteado sigue siendo el mismo: que cada uno de los hombres y mujeres sea capaz de pensar y decidir por sí mismo”.
Sí, continuo convencido de ello. Este es el ideal de la Ilustración definido por Kant y, de todos los proyectos ideológicos, religiosos y políticos que he oído hasta el día de hoy, no ha habido otro que me pareciera más digno ni más noble que este. Estoy absolutamente convencido de ello; para mí no hay otro objetivo que la emancipación de las personas. La emancipación de las personas significa que cada uno sea capaz de pensar y decidir por sí mismo.