Entrevistas / Jordi Llovet

Entrevista realizada en Barcelona el 25-III-2004 con motivo de la publicación del tercer volumen de las Obras completas (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores) de Franz Kafka, una edición dirigida por Jordi Llovet.
Jordi Llovet

catedrático de Teoria de la Literatura i Literatura Comparada
“No pasará nada en el mundo que no se haya explicado ya en algún episodio de la historia literaria”

 

E

n el texto de la cubierta se lee: “sería difícil exagerar la novedad y el aliciente que el presente volumen ofrece a los lectores en lengua española”. ¿No es exagerada esta frase?
Es una nota del editor que, aunque sea verdad, no se corresponde con mi estilo. La novedad y el aliciente del volumen no son en absoluto una exageración: es la primera vez en todo el mundo excepto Alemania -de donde procede la edición original- que se publica toda la prosa narrativa, todos los cuadernos y la obra dispersa de Kafka, si exceptuamos las novelas y los libros que ya publicó en vida. Todo con rigor filológico y un cuidado verbal extraordinario, una ordenación cronológica y unas traducciones espléndidas; de forma que se puede seguir el transcurso de la producción del escritor y ver cómo se forjó el estilo kafkiano. Ahora bien, dado que, en general, en este país la gente está poco informada acerca de la filología, no sé si de momento se habrá notado o no, pero estoy seguro de que esta quedará como la edición de referencia de Kafka.

Antes de morir, Kafka pidió a su amigo Max Brod que quemara toda su obra. No solo no lo hizo Brod sino que ahora se ponen al alcance de todos los lectores los esbozos y otros escritos que de ningún modo estaban pensados para publicarse. Si Kafka levantara la cabeza…
Pero esto se ha hecho con todos los grandes autores, porque es muy interesante tener las probaturas de un escritor. Entiendo muy bien que un escritor no quiera publicar esta parte de su trabajo en vida, porque no forma parte de la obra literaria propiamente dicha. Un escritor quiere publicar las cosas terminadas y completas. Pero para estudiar a un autor y para aprender a escribir luego, eso es utilísimo y supone una verdadera lección. Eran cosas inacabadas, es verdad -lo que el escritor consideró terminado son los siete libros de narraciones que publicó en vida-, pero toda la producción de Kafka es tan impresionante que Brod, con muy buen criterio, la buscó por todas partes enseguida. Kafka murió en el verano del 1924 y en tres o cuatro semanas Brod ya lo tenía todo recogido: todo lo que podían tener sus novias, la familia, los amigos… Se editó luego como se pudo y es algo que se agradece mucho, pero lo que se publicó entonces tiene poco que ver con lo que nosotros hemos publicado ahora siguiendo la edición crítica alemana que viene publicándose desde 1982 y que aún no se ha terminado. Nuestro Kafka es enormemente fiable; sigue cronológicamente desde una tarjeta postal de cuando era muy joven hasta los escritos del final de su vida.

¿La concepción que se tiene de Kafka hoy procede de esta mala edición de Max Brod?
No, la idea que se tiene de Kafka es muy exacta. Es de aquellos autores que siempre se han entendido a pesar de que es muy difícil comprenderlo del todo. La vaga idea que la gente tiene de Kafka es exactamente lo que es. Este es un hecho muy curioso porque, por ejemplo, no se tiene una idea de Joyce o de Proust tan exacta, ni mucho menos, como se tiene de Kafka. Se leen dos o tres narraciones o un trozo de una novela suya y uno ya se hace la idea de cual es el universo kafkiano por definición. Esto sucede gracias a la lucidez y al carácter complejo pero muy inequívoco de lo que quería decir Kafka. Las ediciones que se han hecho hasta ahora reflejan esta idea pero, sencillamente, estaban llenas de errores.

¿Y cuál es exactamente esta idea popular de Kafka?
La idea no equivocada de Kafka es que hizo un magnífico diagnóstico de la situación en que se encuentra el individuo contemporáneo ante la maquinaria burocrática, que lo supera por todos lados. Con el tiempo ha cambiado un poco qué es lo que supera al individuo -la burocracia, por ejemplo, es mucho más fácil ahora que hace ochenta años, cuando murió Kafka-, pero la idea central continua vigente porque continuan existiendo toda una serie de supraestructuras, algunas visibles y otras invisibles, que tienen poder sobre el libre albedrío del individuo. Es decir, ¿qué puede un individuo ante las fuerzas ocultas y enormemente poderosas que son los aparatos de Estado? Eso no ha cambiado nada. Lo que diagnostica Kafka, en realidad, es un proceso de la civilización capitalista en el estadio contemporáneo, que sigue siendo el mismo. Únicamente ha habido un cambio, que avalaría aún más la distancia que, según Kafka, existe entre el individuo y la sociedad o el Estado: la sociedad de la información. Eso es nuevo pero continua en la órbita y en la tradición de añadir cada vez más elementos de mediación entre las personas y las grandes instituciones representadas por los poderes -la burocracia, el Estado, las multinacionales,…-. Cabe destacar que esa situación de, en cierta forma, alienación que detecta Kafka es una alienación detectada en contra de la idea marxista según la cual el individuo puede hacer algo frente a ello, que puede responder en forma de revolución o de lo que sea. La idea de Kafka es que no se puede luchar en contra de estos poderes porque son demasiado potentes y, sobretodo, demasiado sutiles. El individuo está vendido ante los poderes de la maquinaria burocrática estatal, y en este sentido el mundo no ha cambiado lo más mínimo. La idea que la gente suele tener de eso, que es lo kafkiano, aún es enormemente precisa, exacta y válida.

Aprovechando que habla de internet, en alguna ocasión ha asegurado que se trata de una novedad comparable a la imprenta…
Sí, pero ya lo dijo Benjamin en aquella famosa frase: “No existe ningún documento de cultura que no lo sea a la vez de la barbarie”. El gran documento de cultura o el gran avance cultural que significa la imprenta arruina inevitablemente la tradición oral literaria. La literatura oral tenía unas raíces extraordinarias en la musicalidad, la oralidad y los registros sonoros del verso -la prosa también era mucho más eufónica-, que se acabaron con el invento de la imprenta. Con internet, en cierta medida, igual. ¿Qué consecuencias tiene la informática en la creación literaria? Pues que se pierden todos los esbozos previos. Casi todo el mundo escribe directamente a ordenador y cada versión de reescritura anula la anterior. Es decir, a partir de ahora no se podrá hacer crítica genética porque no tendremos las versiones previas de la redacción de las obras literarias.

¿Un ejemplo más de esta vertiente de barbarie podría ser la desaparición de las lenguas minoritarias y de toda la diversidad cultural que significan? ¿Vamos hacia una única lengua mundial?
Este sería otro problema. Pero Europa siempre ha tenido lenguas que funcionan como una koiné. Básicamente ha habido tres: el latín -que fue una koiné europea entre la romanización y el siglo XVIII aproximadamente-; después se solapó durante el XVII, XVIII y XIX con el francés -que fue una lengua universal en toda Europa eminentemente por la vía diplomática pero también cultural-; y ahora, desde hace 30-40 años, el inglés. Pero el inglés no está actuando de igual modo como lo habían hecho el latín y el francés. Estas lenguas no eran solo un instrumento, sino que vehiculaban algo más: civilización, cultura, ideas, moral, religión, filosofía,… El inglés no funciona así, sino que es como internet: vehicula información y sirve para que la gente se entienda en un sentido bastante primario. Lo que está claro es que no por influencia de la lengua inglesa se ha creado esta cultura tan americanizada que hoy poseemos en Europa, sino por la música, la moda, el cine., es decir, por los productos que se han elaborado con el soporte de la lengua inglesa, con independencia de su propia gramaticalidad. Quiero decir con ello que un soneto de Shakespeare, por ejemplo, aunque esté escrito en inglés, le suena a cualquier individuo común de Occidente, salvo a algunos catedráticos de Inglaterra, como si fuera chino.

Pero entonces, ¿internet no es una herramienta útil?
Claro que es útil. Reconozco todas las ventajas que tiene porque son obvias, pero los inconvenientes son de variado orden. Para mí, quizá lo más grave que ha producido internet es la confusión entre la educación y la información. Internet informa, pero no educa; quien educa son los educadores, personas de carne y hueso. Lo que educa es una experiencia intelectual, personal, singular, individual y transferible. Concretamente, es transferible en un espacio determinado: el de la docencia. Y eso, a este paso, puede desaparecer. Las universidades son las primeras en poner medios informáticos en las clases, algo que me parece una de las perversiones más sibilinas que se hayan producido en la historia de la educación. La educación se transmite mediante la palabra del profesor; en el modo con que habla, si sube o baja la voz, si se pone a gritar o a reír, si hace un inciso o un excurso, una divagación…

Volvamos a Kafka, por favor. En el prólogo usted asegura: “el carácter abstracto de lo transcendental y el cariz elemental de una experiencia cotidiana se funden en la obra de Kafka como posiblemente no se habían fundido antes en la literatura universal en prosa”.
Sí, es algo muy característico de Kafka. Es un autor que reúne dos cosas al mismo tiempo. En cierta forma es heredero de toda la tradición realista, es decir, todo lo que explicó era algo que había visto, no se inventó gran cosa. En este sentido es como Dickens o Flaubert; una tradición de escritores que explican lo que ven. Pero simultáneamente y entrelazado con esto funciona una dimensión transcendental, metafísica, religiosa y profética, que es lo más misterioso de Kafka, seguramente su grandeza. Existe una sola materia narrativa pero en ella hay a la vez dos cosas: una muy real y otra que es una especie de anticipación de una dimensión que se encuentra en el extremo opuesto de la realidad: lo sobrenatural, trascendente y misterioso del más allá.

¿Cómo se explica este aspecto transcendental y misterioso de Kafka, que hace que lo que cuente sólo se intuya en parte y no se llegue a comprender del todo?
Esto pasa con todos los escritores místicos y religiosos, como San Juan de la Cruz, Rilke, Hölderlin,… Esos grandes autores que hay en todas las literaturas y que alcanzaron una vaga percepción del más allá, de lo eterno y vinculado a cierta idea de la divinidad o de la muerte,… En este sentido Kafka no es diferente de los demás. Lo que es diferente es cómo articula eso con la situación histórica concreta y determinada del siglo XX.

Esta parte concuerda con lo que usted llama “mitología de Kafka”? (“La obra de Kafka constituye una de las mitologías más fieles y globales del siglo XX”).
No, esto solo es una parte. Cuando yo hablo de Kafka como de un gran mitólogo del siglo XX, no me refiero a esta dimensión. La dimensión transcendental de Kafka es propiamente la dimensión religiosa, y esta es anacrónica, pues consiste en una creencia, en una fe o, por lo menos, un atisbo de lo eterno. Todos los pueblos han conocido esta dimensión, que es propiamente la dimensión de lo sagrado, y muchos individuos la conocen. Todo el mundo, a medida que envejece, conoce esta experiencia, porque, dado que percibe claramente que un día va a morir, tiene presente esta visión del más allá, que es un enorme misterio. Eso siempre ha existido. En cambio, cuando digo que Kafka construye una de las mitologías más generales del siglo XX es por otra dimensión: reduce a mitos las cinco o seis cuestiones esenciales de la vida cuotidiana del individuo en una sociedad contemporánea -su lucha contra las máquinas de poder, la alienación del individuo ante los aparatos que pueden más que él, la opinión pública y la difícil comunicación entre personas,…-. La verdad es que casi todo lo que se suele decir de Kafka es de orden sociológico. Eso no lo explico en el prólogo, pero existe una dimensión sociológica de Kafka que coincide plenamente con cosas que también habían diagnosticado los sociólogos de la época, como Simmel o Max Weber. Cuando me refiero a una mitología kafkiana quiero decir que Kafka eleva a una categoría literaria cosas que son de la más estricta realidad cotidiana.

Sobre el estilo de Kafka, en alguna ocasión ha dicho que escribía “de corrido, raramente corregía”.
Sí, con Kafka pasa lo mismo que con Mozart, es algo insólito. Son gente que producen con tanta perfección que todo lo que hacen sale perfecto al primer intento; a diferencia de Proust, por ejemplo, que corregía y corregía muchas veces. Pero escribir de corrido, quiero decir, sin necesidad de corregir, es algo que la lengua alemana facilita, pues tiene unas normas sintácticas tan inflexibles que, de hecho, cuando uno se propone expresar un pensamiento en alemán, la frase sólo puede ser una.

¿Cuáles fueron los referentes de Franz Kafka?
Kafka se había empapado de Goethe, que era su referente número uno en el aspecto de estilística en lengua alemana -en términos de referentes narrativos son algunos más: Kleist, Dickens Flaubert,…-. Como todo escritor en alemán posterior a Goethe y anterior a Thomas Mann -que es el otro gran estilista de la lengua alemana-, el estilo literario le venía a Kafka casi directamente de Goethe. Kafka hablaba alemán con su madre pero checo con su padre, y vivía en una ciudad donde se hablaba checo. Por lo tanto, tenía que ser prudente como lo tiene que ser un escritor de Cataluña que escribe en castellano, porque no es la lengua de aquí. El léxico de Kafka es muy rico y su prosa magnífica, pero se parece más a Goethe -a su estilo diáfano y a su frase más corta- que a Thomas Mann -que tenía un conocimiento tan extraordinario del alemán que podía permitirse filigranas estilísticas y frases de hasta veinte líneas-.

En Kafka “todo es escritura esbozada”. “Lo que es esencialmente kafkiano no es la obra sino su opuesto”, ¿a qué se refiere?
Lo que prima en Kafka es la idea del fragmento que se puede alargar un poco; esto prima mucho más que la idea de obra completa y acabada; la parábola, la máxima, casi el epigrama, este es el género kafkiano por excelencia. En sus inicios empezó así, con textos enormemente breves, y después fue aumentando un poco la extensión de sus escritos. La idea que tenía no era la de hacer una gran obra, ni parcialmente ni globalmente. Pero eso no quita que una narración como “La transformación” sea una de las mejor construidas y más perfectas del siglo XX, a pesar de que no se pueda considerar una “gran obra” porque, por definición, una narración alargada no puede aspirar a serlo. Una “gran obra” es, por ejemplo, “La montaña mágica” de Mann, el “Wilhelm Meister” de Goethe, “Bleak House” de Dickens,…

Según explica, los textos póstumos del escritor de Praga “más aún que los libros que publicó en vida, son los que permiten hablar de este autor como alguien que vivió literalmente obsesionado por la actividad de escribir”.
Esto es cierto a pesar de que Kafka no tiene una gran producción adolescente -quizá existía, pero la destruyó-, ni demasiada producción anterior a los primeros libros de narraciones que publicó en vida, hacia 1913, cuando ya había cumplido los treinta años -por lo tanto, toda la obra que nos ha quedado fue escrita prácticamente los últimos once años de su vida-. Kafka era una máquina constante de escribir. Cuando iba a la oficina despachaba los asuntos de la compañía de seguros en un par de horas, por la mañana, y el resto de la jornada, dado que tenía un despacho propio, la dedicaba a escribir cartas, narraciones y apuntes con el papel de la empresa. O sea, que no paraba de escribir. Si tenía que hacer informes para la empresa, los escribía también perfectamente. Cuando cogía la pluma, automáticamente hacía literatura, fuera el género que fuera. Escribir era la justificación de su existencia. Para él, la ecuación vida=escritura era exacta.

En el libro aparecen algunas críticas literarias -aunque muy pocas-. En este sentido, y haciendo extensiva la pregunta a otros autores, ¿un buen escritor tiene que ser también un buen crítico, en el sentido que debe saber juzgar su oficio?
Kafka escribió solo dos o tres reseñas de libros y alguna de pintura, y encima por amistad con algún autor. Todas están incluidas en el volumen, pero en total no llegan a la media docena. En todo caso, este no era su género. Con Flaubert pasa lo mismo; escribió una sola crítica literaria en toda su vida -dedicada a Louis Bouilhet, un escritor muy amigo suyo pero que hoy en día nadie conoce-. Pero ha habido grandes escritores que han sido grandes críticos: T.S. Eliot, W.H. Auden, Nabokov,… Hay de todo, escritores que son muy capaces de hacer crítica y otros que no. Kafka seguro que no. Eso no significa que no haya juicios acertados y muy inteligentes en sus diarios y cartas acerca de cosas que había leído.

¿Y usted no se ha planteado nunca escribir obras de ficción?
¡No! Yo nunca me he planteado hacer nada de lo que he hecho. Lo único que me he planteado es ser profesor de literatura; soy un profesor universitario, y basta. Todo el resto no sé por qué lo he hecho. Mi obligación es leer, estudiar y enseñar; no tengo ninguna otra obligación ni vocación que no sea esta. ¡Dios me libre de escribir, con lo que ya se ha escrito! Eso sería molestar a la gente. Aquellos que escriben hoy en día están locos de remate. Si ni en toda una vida hay tiempo suficiente para leer lo que se ha escrito en el mundo desde Homero hasta los grandes autores del siglo XX, ¿con qué fin puede querer alguien aportar aún algo más en literatura? Lo que debe hacerse es leer la tradición. El XXI tendría que ser un siglo en que ya no se produjera nada más y la gente leyera todo lo que se ha escrito a lo largo de la historia. Otra cosa sería haber nacido en el siglo IV, como San Agustín, entonces aún lo podías abarcar todo. Pero si alguien ha nacido en el siglo XXI… con la cantidad de literatura que existe… ¡y tan extraordinaria! En el mundo ya no pasará nada que no se haya explicado en algún episodio de la historia literaria anterior. Las grandes barbaries históricas como han sido en el siglo XX la Primera y la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto… las cosas más grandes o más brutales que podamos imaginar ya han sucecido, y cada una ha tenido su literatura. Ahora es tiempo de leer lo que se ha escrito. Ya no hace falta que nadie más escriba (ríe), y mucho menos un profesor como yo. Desde mi punto de vista, lo que tiene que hacer un profesor es leer, estudiar y enseñar; y nada más. Vamos, yo no voy a hacer otra cosa.

En una reseña dedicada a la memoria de Edward Said decía: “la inteligencia siempre se vuelve débil inevitablemente, a veces hasta frívola, cuando entra en el terreno de la publicidad; y se convierte en una cosa aún más penosa cuando cae en las manos de la estulticia diaria”. ¿Es una indirecta al Fórum de las Culturas?
En cierta manera sí. En el Fórum hay dos cosas, la primera es una operación especulativa y urbanística. Esto lo sabe todo el mundo y está más claro que el agua. En este sentido es muy criticable, porque ha provocado que la gente joven tenga que irse a vivir a 80 o 100 kilómetros de Barcelona. El otro aspecto criticable es que la gente estará medio año viendo espectáculos, sin más. Unos tocarán tambores, otros la gaita y otros la gralla; y se irán a casa todos felices y contentos. Habrán cuatro fórums de discusión y cuatro simpósiums, y todo quedará en nada; en menos que los Juegos Olímpicos, que dejaron unas infraestructuras deportivas que son muy útiles para la gente que tiene dolor de espalda, y también dejaron cierto espíritu de ciudadanía que, sinceramente, dudo que genere el Fórum. De hecho, creo que las manifestaciones en contra de la guerra de Irak aún son consecuencia de la fraternidad que crearon los Juegos Olímpicos entre la población de Barcelona. Por esto soy muy crítico con el Fórum. Quizá sea una visión un poco reduccionista, y ojalá me equivoque, pero todo lo que leo sobre este acontecimiento me suena de cara a la galería y al espectador. Vivimos en una sociedad del espectáculo en la que la gente sólo quiere distraerse. Y el fenómeno de la diversidad no es como para pegar saltos de alegría; es una cuestión muy seria, que obligará a replantear los fundamentos mismos de la sociedad europea, sus costumbres, sus religiones y hasta sus formas de entender la política.

¿Cuál es el papel de la considerada clase intelectual -si es que tiene alguno-?
Uno de los grandes problemas de estos momentos es que la intelligentsia -una palabra rusa que se refiere a la clase social que forma la gente más preparada intelectualmente- está cansada. Ha visto que todo lo que dice y hace no es transitivo, que se queda en una proporción muy pequeña de estudiantes, de electores o de opinión pública. Autores del siglo XX como Musil, Broch, Valéry,… de una gran exigencia intelectual y potentísima inteligencia, ya fueron enormemente minoritarios. Ellos mismos eran conscientes de esto, y hasta alguno se suicidó porque sabía que su destino en la vida -explicar las cosas que había intuido o entendido y que los otros no comprendían o no querían ver- no servía para nada porque a los otros ni les interesaba ni lo entendían ni lo querían saber.
Entonces, una gran parte de la intelligentsia actual del mundo entero o ha callado porque piensa que no hay nada que hacer y se ha quedado en casa leyendo, estudiando y llevando una vida discreta; o se ha vuelto frívola. Estos últimos son gente que encontrarás en los periódicos, gente que podría haber escrito grandes libros o impartido grandes clases y que no lo hacen porque quieren intervenir en todo y opinar sobre todos los asuntos con una enorme frivolidad. Pero, en cierta forma, es una vía de escape ante la impotencia que siente hoy en día la intelectualidad del mundo entero. Bueno, no sé qué pasa con la clase intelectual japonesa, china o sueca; en algunos países la clase intelectual aún tiene prestigio, pero en España, por ejemplo, el menosprecio del Estado hacia sus intelectuales es un mal endémico, de toda la vida. Ahora ya no es tan sólo un fenómeno de la secular falta de apreciación de la vida intelectual del Estado -menos en Cataluña-, sino un fenómeno global. Los intelectuales pueden decir lo que quieran, que las cosas van por otro lado. Ante esto hay dos actitudes posibles: conversar con los amigos, enseñar, estar con los alumnos y resistir -una resistencia que tiene una verdadera dimensión política-, o volverse frívolo y empezar a ir de un lado a otro y a hacer manifestaciones y ser el líder de una plataforma de no sé qué… cosas que terminan matando al intelectual que había en aquella persona.

Así pues, ¿la intelligentsia debe ser discreta, mantenerse en la sombra?
No puede hacer otra cosa. Yo no sé si soy inteligente o no, pero formo parte más o menos de la clase intelectual de esta ciudad -una clase bastante numerosa, gracias a Dios-. Llevo una vida muy discreta porque no creo que tenga ningún otro papel que estudiar, enseñar y callarme. No me gusta la banalidad. Creo que lo que se debería mantener es el espíritu inicial del nacimiento de la filosofía en un sentido socrático; el individuo que dialoga con los otros, que les muestra la posible verdad de las cosas y que juntos la van construyendo. Ya será un logro que aguantemos y que algún día la inteligencia del país vuelva a ser públicamente apreciada. Es lo que dice Steiner: el problema ya no es la inteligencia o la no inteligencia, lo preocupante es que al final puede desaparecer el lenguaje mismo como vehículo privilegiado del conocimiento. Es la capacidad de la gente de articular ideas y el lenguaje mismo lo que se está desmenuzando. No se estudia ni se lee lo suficiente… no se tiene un trato íntimo con el lenguaje como se había tenido en el pasado. Al final podría suceder que todo funcionara mediante imágenes y frases hechas; y el lenguaje no son frases hechas, el lenguaje consiste sobre todo en frases por hacer. Es un archivo del cual se deriva algo que no se sabe muy bien hacia donde te llevará; es un arsenal, un depósito del que pueden salir muchas cosas en potencia.

En una de sus últimas reseñas aseguró: “no es novedad afirmar que casi todas las situaciones en las que nos encontramos hoy están recogidas y analizadas en los clásicos”. ¿Cree, al igual que Oscar Wilde, que la vida imita al arte, y no al revés?
Son dos cosas distintas. Cuando afirmo que muchas cosas que suceden actualmente se pueden leer en los clásicos, pues sí, así es. Si uno ha leído un poco de historia antigua es muy fácil que en cualquier situación concreta de hoy en día piense: “eso ya lo dijo Tucídides”, o “eso lo explicó Herodoto”, Plinio, Cicerón, Virgilio, Homero… es algo continuo. El ser humano tiene unas constantes, sobre todo la civilización europea. Ha habido muy pocas rupturas de verdad en la historia de Europa. Todo suena a déjà vu. Los autores de hasta hace un siglo más o menos -Kafka incluido- citaban mitos clásicos en sus obras -por ejemplo, Thomas Mann reconstruyó la historia bíblica de José y sus hermanos-. Eran personas muy informadas y que estaban, en mayor o menor medida, dentro de la gran tradición literaria europea que empezó con la épica griega. Si tomas el concepto de clásico en un sentido global -o también si sólo consideráramos los clásicos grecolatinos-, encontrarías que ahí ya está prácticamente todo. Los grandes temas y las grandes situaciones en que luego la literatura ha incidido, ya están tratados ahí con una enorme excelencia: la guerra, la patria, el amor, la fidelidad, la envidia, el odio, la ira, la muerte. Otra cosa es que los escritores de hoy, dado que no han leído a los clásicos, no produzcan una obra engarzada en la tradición literaria europea. Hoy en día un escritor ya no siente la obligación de leer a sus antecesores, sino más bien lo que hacen es leer a sus contemporáneos, a los que tienen éxito, para ver cual es la fórmula para triunfar. Hay quizá una notable excepción, la novela inglesa y americana actual; Paul Auster, McEwan, Swift,… estos autores han leído la tradición novelística inglesa del XIX y del XX, que es muy potente y, en cierta medida, continuadora de la tradición clásica. Pero en países como España eso no sucede, porque aquí la tradición novelística de los siglos modernos y contemporáneos es escasa.
Y luego había la segunda parte de la pregunta…

Sí, la idea de Oscar Wilde según la cual la vida imita al arte, y no al revés.
Esta es una frase dicha por un decadentista, un autor muy propio de la tradición aristocrática artística, de aquellos del “arte por el arte”, que creían que el arte era algo hegemónico y en cierto modo ajeno a la sociedad misma. Precisamente cuando el arte literario empezó a tener un relieve limitado en la sociedad, esa gente pensó que daba igual que el arte no tuviera repercusión porque lo más importante era el arte en sí mismo. “Yo haré arte por el arte y será una obra maestra, y si la gente no lo entiende o no me sigue, me da lo mismo”, pensaban. Es en este contexto que Oscar Wilde dijo que la naturaleza imitaba al arte. Yo, sinceramente, no lo creo. Es una frase muy ingeniosa, como todas las de Oscar Wilde -que se habría vendido el alma al diablo por una frase brillante-, pero creo que continua siendo al revés, tal como dijo Aristóteles: el arte imita a la naturaleza. El arte tiene unos estímulos que le da la vida real y, encima de esa vida se construyen las piezas artísticas, ya sean realistas, abstractas o de cualquier tipo. Lo que todavía predomina es la realidad, la naturaleza y la historia.