Entrevistas / Enrique Vila-Matas

Entrevista realizada vía correo electrónico el 24-XI-2003 con motivo de la publicación de “París no se acaba nunca”.
Enrique Vila-Matas

escritor
“Toda autobiografía es ficcional y toda ficción es autobiográfica”

 

E

n el prefacio de “París era una fiesta” Hemingway advierte: “si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción”. ¿Este aviso también es válido para los lectores de “París no se acaba nunca”?
Como decía Boris Vian, “todo en mi novela es verdad, porque está todo inventado”. También puedo citarme a mí mismo. Se dice en un momento de “París no se acaba nunca” que “también un relato autobiográfico es una ficción entre muchas posibles”. En fin, para mí está claro que toda autobiografía es ficcional y toda ficción es autobiográfica.

¿Hasta dónde llega la importancia de este libro de Hemingway en su obra y vida como escritor?
Me influyó la lectura de “París era una fiesta”, pero me influyó cuando yo tenía 16 años, que es cuando leí ese libro. Pero debo decir que más que escribir como Hemingway, yo deseaba llevar “una vida de escritor” como la que reflejaban esas memorias de París. Comprar leña para la chimenea, por ejemplo. Comprarla porque había caído el invierno sobre París. Yo no tenía chimenea en la casa de Barcelona de mis padres. Y no sólo eso. No vivía en la gran París artística sino en una plúmbea ciudad catalana dominada por el franquismo. Ni leña, ni fuego, ni París, ni libertad, ni nada. Yo no tenía nada y pensaba que ser escritor -en París y como Hemingway- me permitiría tener algo.

La ironía es un concepto importante en el libro. En él transcribe citas de Rilke, Renard y también una de su propia cosecha para definirlo: “la ironía es la forma más alta de sinceridad”. ¿Estaría de acuerdo con esta otra de Manuel Vázquez Montalbán: “la ironía no es nada más que la constatación sentimental del fracaso de la razón”?
No me gusta la de Montalbán, ni tampoco la mía (que, después de todo no es mía sino de mi narrador). La ironía es la ira atemperada. Pongamos que esta mañana la definición de ironía que más me gusta es ésta.

El narrador de “París no se acaba nunca” dirige algunas críticas hacia Barcelona. Afirma que, antes de “los delirantes cambios de los Juegos Olímpicos” era una ciudad “elegante y secreta” y que ahora se ha convertido en otra “abrumadoramente turística”… ¿Es su opinión o sólo la del narrador?
Es mi opinión y se trata de una opinión rabiosa e íntimamente personal. Por dos motivos:

1) Porque a este paso, en Barcelona acabaremos todos haciendo de guías turísticos de Gaudí o de camareros de la notable mayoría de horteras que nos visitan;
2) Porque a mí me gusta, con todos sus defectos, la ciudad de mi infancia. En este aspecto tan ligado a mi sentimentalidad, no hago concesiones. No me gustan los cambios cuando se trata de los honrados recuerdos de mi infancia.

En el libro el narrador no duda en preferir París antes que Barcelona. Asegura: “es más fácil que pueda perderme en Barcelona que en París”.
Tal vez, a tenor de lo que acabo decirte, que en París no transcurrió mi infancia. Añádase a esto que París me parece la ciudad más bella del mundo, me entusiasman su historia y su cultura. Soy republicano, no monárquico. Me gusta París porque, a diferencia de Barcelona que está llena de bares, París, aun teniendo muchos bares, está llena de librerías.

Además también dice que le gusta “mucho París porque no tiene catedrales ni casas de Gaudí”. ¿Tiene una antipatía personal respecto a la estética de Antoni Gaudí o se refiere a que quedó fastidiado con tanto año Gaudí?
Vas bien encaminado. En arte todo lo oficial me horroriza. Con el año Gaudí no hubo voces discrepantes. Subirachs continuó haciendo sus “cagaditas” en la fachada de la Sagrada Familia, y a todo el mundo le parecía bien que se dijera que Gaudí era un grandísimo artista, pero pocos analizaban, por ejemplo, lo sonrojante que es su estética de religiosidad de pesebre. ¿Cómo te diría yo? A mí me gustan, por ponerte un rápido ejemplo, algunos de los arquitectos de los rascacielos de Chicago o de Nueva York. Ahí Subirachs no podría inscribir ninguna cagadita, quedaría ridículo, ¿no te parece? Es lo que va de la arquitectura de vanguardia a la piedra del hombre piadoso.

También muestra su admiración hacia Nueva York… Sea como sea, el narrador concibe el oficio de escritor como una profesión estrechamente ligada a las grandes ciudades. No compartirá, pues, uno de “Los diez mandamientos de un escritor” del húngaro Vizinczey que proclama No adorarás Londres-Nuevo York-París…
Encuentro ligeramente estúpido ese Decálogo. Siempre he pensado que era un Decálogo irónico. De lo contrario, no lo comprendo. Por otra parte Vizinczey y sus mujeres maduras me cargan tanto como Gaudí.

En “El Mal de Montano” califica Nantes de ciudad literaria. ¿Barcelona, además de ser nerviosa (y considerando el gran número de escritores que viven en ella), no lo es también?
Claro que lo es, aunque no está todavía a la altura de Lisboa, Praga o Trieste.

El año 2004, aparte de tener el Fòrum de les Cultures, será el año Dalí. En “El Mal de Montano” afirma que el ampurdanés era “infinitamente mejor escritor que pintor”, y destaca “La vida secreta de Salvador Dalí”.
“El mito trágico del Ángelus de Millet”, por ejemplo, es un libro importantísimo, desgraciadamente poco leído. Pero es uno de los grandes libros del siglo pasado Hay en él una brillante exhibición de las capacidades de Dalí como escritor, genial manipulador de las asociaciones de ideas y de imágenes. En cuanto al Forum de las Culturas, casi nadie sabe lo que es y quienes sí lo saben están aterrados porque saben que no es nada.

Para terminar, y aprovechando su indudable parecido físico a Ernest Hemingway: Si Hemingway fuera hoy joven, ¿cree que habría estado entre los jóvenes del Foro Social Europeo de París celebrado la semana pasada?
Me temo que no, le gustaban otro tipo de aventuras.