Entrevistas / Colita

Entrevista realizada en Barcelona el 5-XI-2003 con motivo de la publicación del libro Els interiors d’illa de l’Eixample, con textos de Lluís Permanyer y fotografías de Colita.
Colita

fotógrafa
“Los fotógrafos somos historiadores con cámara”

 

¿

Los gatos son más fotogénicos que los perros? [Colita tiene una colección de fotografías sobre estos animales y mientras se realiza la entrevista hay uno paseando por su mesa]
Bueno, aunque es más sencillo fotografiar un animal que un niño, por ejemplo, no hay nada fácil. Los gatos hacen lo que les sale de los huevos todo el día… No hay nada fácil, ni el paisaje, ya que tienes que esperar siempre a que baje la luz adecuada. No es lo mismo un día con una luz maravillosa que un día con calina y una luz asquerosa. Todo requiere su trabajo, su estilo, su paciencia. Esto ya lo decía Català-Roca: una de las virtudes del fotógrafo es la paciencia. Por ejemplo, si quieres retratar la fachada de la catedral, tienes dos opciones: o la fotografías sin nada o con el ambiente que se produzca delante. En los dos casos debes tener paciencia: esperar a que no pase nadie o, en el segundo caso, a que suceda algo divertido, algo que te de una pista sobre la vida que pasa por ahí delante: turistas, niños, skaters, sardanas, “gegants”… lo que sea.

¿El famoso “instante decisivo” de Cartier-Bresson es esto?
Sí. “Arribar i moldre” sucede pocas veces en la vida. La mayoría de las fotos son cuestión de esperar a que pase algo; excepto que, por ejemplo, vayas a fotografiar estos “animales” que se crucifican en Filipinas -que es un reportaje en el que ya están pasando cosas-. Si quieres una foto tipo Cartier-Bresson como la de aquel niño dando un salto por encima de un charco en un barrio deprimido de París -que es una foto preciosa y de un lirismo maravilloso-, es muy difícil que llegues ahí y el niño pase; a lo mejor tienes que esperar un poco. Dices “aquí hay una buena foto, me espero a ver si sucede algo que me interese”.
Para las fotos urbanas, de referencia de la vida y que muestran cómo se vive en nuestra época, tienes que esperar. Si haces una salida de metro, a lo mejor tienes que esperar cinco o seis hasta que de repente salga un grupo de gente especial y digas “¡Coño, ya la tengo!”. Aunque tengas que esperar media hora o una. Pocas veces se da el milagro, cuando se da lo llamamos “fotón” o, como dice Oriol Maspons, un “pinyol”.

En el libro “Diàlegs a Barcelona”, que reproduce una conversación con Xavier Miserachs de hace ya algunos años (finales de los 80), usted afirmaba que “la fotografía es indispensable para que la gente crea que algo ha sucedido”.
Sí, nosotros somos cronistas de nuestra época, somos como notarios de la realidad. Todo lo que acontece diariamente en nuestra vida, si no hay una fotografía que lo certifique es mucho más difícil de creer. Dicen que una imagen vale más que mil palabras; yo no diría eso, sino que las palabras son muy necesarias. De hecho, un pie de foto te puede alterar completamente una imagen y quitarle todo el sentido. Esto ocurre cada día.

¿Ha sido difícil su relación con los redactores?
Como yo soy una freelance, no he tenido demasiados problemas. Cuando trabajaba en TeleXprés tampoco nunca tuve ningún problema. Es ahora que el periodismo ha cambiado mucho; y no creo que a mejor. Pesa mucho la política y la publicidad. Pero sea como sea, en mi caso no he tenido muchos problemas con los redactores porque ha habido pocos que se hayan atrevido a ponerme la pierna encima. He tenido más problemas con los diseñadores. A veces se creen que el fotógrafo es una mierda seca, hablando claro, se pone por encima del fotógrafo y te desvirtúa absolutamente tu trabajo, altera los encuadres y modifica lo que quiere.

En la conversación con Miserachs se mostraba contraria a la publicidad y llegaba a decir que “trabajar en publicidad es venderse por un plato de lentejas”.
Bueno, eso es una boutade, que dicen los franceses. Pasa una cosa en publicidad: hay cosas estupendas, por ejemplo, Guy Bourdin es un fotógrafo extraordinario de moda. Richard Avedon es otro. Pero tu haces un anuncio hoy y por muy maravilloso que sea la semana que viene todo el mundo lo habrá olvidado. En cambio la fotografía del día a día de un fotógrafo cronista tiene más valor cuantos más años pasan. A nosotros la publicidad nos interesa por la pasta que implica pero por nada más. Es tirar tu trabajo por la ventana. Pero cada vez más esto es menos parte de los fotógrafos y más de los directores de cine.

En alguna ocasión usted se ha identificado con una historiadora del siglo XX…
Sí, modestamente, todos los que hemos hecho documentalismo somos historiadores del siglo XX. Nuestras imágenes son historia; yo tengo desde el entierro de Carmen Amaya, hasta el encierro de Montserrat o un retrato de Rafael Alberti, otros tienen el 23-F… sin duda, los fotógrafos somos historiadores con una cámara.

Entonces estará contenta con el nuevo centro abierto en Gracia, LaFotoBCN.
Por supuesto, es un paso adelante importante. Además estos van muy bien enfocados y creo que si tienen la fuerza de mantenerlo -porque esto da mucho trabajo- y consiguen alguna subvención, les auguro un buen futuro. Es la primera vez en muchos años que veo algo así. Va dirigido a explicar la fotografía como un hecho cultural. ¿Cómo no lo voy a ver bien si es por lo que he estado luchando toda mi vida? Porque no solo se nos considere leikeros y machacas de “queda inaugurado este pantano”. Somos mucho más que eso.

¿El contenido de una fotografía tienen prioridad frente a su estética?
Cuando tu tienes contenido, entonces la fotografía agarra una mayor fuerza. Además, es más fácil trabajar con contenido. La emoción de una manifestación, por ejemplo cuando se murió Ernest Lluch, se transmite en la fotografía y al haber contenido también hay más fuerza. Pero si no hay contenido a lo mejor acaba teniéndolo porque tú se lo das. Si yo salgo a la calle y hay mis vecinas hablando de sus cosas con sus delantales, eso es contenido también si se lo das tú. No todo es la guerra de Afganistán.

En 1987 dijo que Barcelona había evolucionado poco. Pero tras los Juegos Olímpicos estará de acuerdo con que hubo una especie de revolución, ¿no?
Fue muy difícil y a todos lo niveles quitarse la costra del franquismo en Cataluña -no digo en España, lo conozco menos-. Después de tantos años, llegó la democracia y estaba todo por hacer. Naturalmente nosotros teníamos mucha prisa, sobretodo mi generación, que se había mamado todo el franquismo. Pasqual Maragall, que es un alcalde con el que tuvimos mucha suerte, y también antes con Serra -no lo olvidemos aunque se lo llevasen luego a Madrid-, empezaron a proyectar una ciudad europea porque esto antes no era una ciudad como las que hay en Europa. Era una ciudad sucia, vieja -en el sentido despectivo de la palabra-, con unas infrestructuras obsoletas. Se tuvo que hacer todo de nuevo y se colocó en el mapa mundial.

¿Una ciudad vieja y sucia no es más sincera, más espontánea?
No, este es un discurso de progre apolillado y lleno de caspa. Una ciudad tiene que tener su encanto y su dignidad de vieja ciudad, que no debe ser alterada por modificaciones de arquitectos que se les ha ido la olla. París es una ciudad vieja, pero no está sucia y asquerosa; está estupenda. Lo mismo pasa con Londres, Roma… Son ciudades viejas pero llenas de historia y con una fuerza cultural impresionante y, evidentemente, bellísimas. La suciedad y la belleza se llevan muy mal, y a mí me gustan las cosas hermosas.

¿Y como ve eso del Fòrum 2004?
No lo sé. Como dicen los sudamericanos: “Que les vaya bonito”. Es el último gran acontecimiento cultural de estos años, hay que estar ahí, hay que ver qué pasa. Y luego ya juzgaremos, como en las Olimpiadas.

Sea como sea, conoce perfectamente la zona donde tendrá lugar este evento porque fotografió el Besós en el libro “El riu que veia passar els trens” (con textos de Patricia Gabancho).
A mí me gusta mucho retratar las transformaciones de las cosas y antes, el Besós, simplemente era un río venenoso. Una anécdota: el último rebaño de borregos bajaba desde Montcada y al verlo me paré para hablar con el pastor. Le pregunté: “¿Las ovejas beben en el río?”. “No, son muy listas, ya saben que en el río no pueden beber”, contestó él. Pero yo insistí: “¿Y si alguna bebe?”. “¡Ah, se muere!”, respondió.
En cambio ahora está estupendo: juegan los niños, la gente pasea, va en bicicleta,… Se ha recuperado la flora y la fauna. Supongo que algun día acabará habiendo peces que no sean mutantes por ahí… Ahora van a quitar las torres de alta tensión. Es decir, de ser una cloaca donde no había ni ratas porque morían fritas de lo que bajaba por el río ha pasado a ser un sitio para pasear. Además, dignifica todo este territorio que tradicionalmente había estado dejado de la mano de Dios. Toda la zona metropolitana ha pegado un subidón importante. En los 80 hice con Miserachs, Maspons y Català-Roca un trabajo sobre el área metropolitana. En quince años, el cambio ha sido realmente espectacular. Me remito a los hechos, quien no se lo crea que lo vaya a ver.

Hace casi quince años se quejaba de las limitaciones técnicas que había en la fotografía. ¿Con la tecnología digital se ha producido una liberación?
Sí, en esta casa ahora no se trabaja más que en digital. O sea, llevamos dos años sin entrar en el laboratorio. El que se suba al carro bien y el que no se caerá. En este momento, lo de las cámaras digitales es una cuestión de precios y prestaciones. Pero dentro de un par de años habrá 80 modelos para elegir. Hay que esperar un poco hasta que puedas decir con esto puedo pasar cinco o seis años. Yo con mi ordenador he pasado de que me diera un miedo horroroso a no poder vivir sin él.

¿Entonces se ha terminado el dilema blanco y negro o color?
Esto es una cuestión de gustos. Mira a Woody Allen por ejemplo. Le gusta mucho el blanco y negro pero sin embargo hace películas en color. Eso es porque hay temas que son para blanco y negro y otros que son para color. Para los fotógrafos de mi generación -yo empecé en el 1963-, el color no existía porque existían muy pocas revistas en color. Con los años fue evolucionando pero publicar en color era algo hortero porque se reproducía muy mal. Ahora, por ejemplo, acabo de hacer un libro sobre Castelldefels. Obviamente tiene que ser en color. En cambio, el libro de flamenco es en blanco y negro. Son lenguajes diferentes, y tienes que adaptar el lenguaje a lo que el tema te pida.

De todos los personajes que ha retratado, ¿hay alguno del que guarde un recuerdo especial?
Hay muchos que los quiero mucho y que los recuerdo perfectamente. Hay gente tan increíble y bonita… Orson Welles me dedicó diez minutos de su vida, es la hostia. Carmen Amaya, aunque la disfruté muy poco porque se murió. Max Aub, un personaje estupendo. Quino, el de Mafalda, maravilloso. Rafael Alberti, entrañable. Dionisio Ridruejo, ¡Terenci Moix!, ¡Jaime Gil de Biedma!… Amigos que me han dejado muchas fotos y mucha penita dentro. No me gustaría olvidarme de nadie. Miró era un encanto, Ana María Moix, la gente de la Nova Cançó, Ovidi, Serrat,… Además, yo soy la fotógrafa de mi barrio. Cuando nace un niño o hay una boda vienen todos a hacerse una foto. Servimos para eso los fotógrafos, no sabemos hacer nada más.

Para terminar, ¿cuál es su mejor recuerdo de Barcelona? [la intención del entrevistador era preguntar por el “rincón”, pero se entendió “racó” (“rincón” en catalán, muy parecido a “record”)]
Mi mejor recuerdo de Barcelona fue la primera vez que tuve uso de razón y empecé a darme cuenta de que tenía una familia estupenda y de que tenía una ciudad que me gustaba. No sabría explicarlo de otra manera. Hay gente que no le acaba de gustar la ciudad adonde vive. A mi enseguida me gustó tanto la ciudad donde vivía… Mi papá me llevaba de paseo, ¿sabes? Aquellos paseos con mi papá y mi mamá, que me llevaban los domingos al zoo y luego a comprar un pastelito, al Passeig de Gracia,… Aquellas cosas tan burguesas y al mismo tiempo tan bonitas, tan entrañables… Enseguida me di cuenta de que vivía en una ciudad que era mi casa. De hecho muchas veces salgo a la calle con zapatillas de estar por casa -y bata porque no uso que si no…-. El último recuerdo bonito de esta ciudad ha sido hoy mismo, cuando de repente ha venido el cartero y he dicho “¡Dios mío, qué día tan bonito hace!” y él me ha contestado “hace un día precioso”, y yo aún no había sacado la nariz. Cada día digo “¡Qué ciudad tan estupenda!”. Soy muy forofa de Barcelona yo, ¿qué le vamos a hacer?. No me hubiera gustado nacer en ningún otro lugar.
Pero mi mejor recuerdo todavía no se ha producido. Espero que sea cuando estire la pata y diga “Argh… ¡Visca Barcelona!”.